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Aiuto. Basta.

27 luglio 2026

Ci sono parole
che non bussano.
Entrano.
Restano sedute
sul bordo del letto,
quando la casa
ha già spento tutte le luci.

«Aiuto.»
La pronuncia
un bambino
quando non trova
la mano della madre.
La pronuncia
un vecchio
quando il pavimento
diventa improvvisamente
traballante.
La pronuncia
chi affoga.
Chi nasce.
Chi ama.
Chi ha paura.
Ogni vita,
prima o poi,
conosce quella parola.

«Basta.»
Ha il sapore
del sangue
sulle labbra.
Dell’ultimo respiro.
Della stanchezza
di chi non riesce più
a convincere il mondo
di essere vivo.

Tra
«Aiuto»
e
«Basta»
c’è una distanza
piccolissima.
È lunga
quanto il tempo
che impiega
un cuore
a decidere
se voltarsi
oppure no.

Ogni mattina
camminiamo
accanto a qualcuno
che sta pronunciando
una di queste due parole.
Solo che
non sempre
escono dalla bocca.
A volte
hanno gli occhi
di una donna
che torna a casa
con la paura.
Le mani
di un anziano
che aspetta
una visita.
Il silenzio
di un ragazzo
seduto
all’ultimo banco.
Il respiro corto
di uno sconosciuto
che nessuno
ha ancora guardato.

Forse
la differenza
tra una società
e una comunità
è tutta qui.
Nella capacità
di ascoltare
le parole
che non fanno rumore.

Da qualche parte
qualcuno
sta dicendo
«Aiuto.»
Da qualche parte
qualcuno
sta dicendo
«Basta.»
La domanda
non è
chi siano.
La domanda
è
chi siamo
noi
quando le sentiamo.

Perché
ogni volta
che una voce
si spegne,
non è il silenzio
a fare più rumore.
Siamo noi.

Demostenes Uscamayta Ayvar (Aiuto. Basta.)


Ayuda. Basta.

Hay palabras
que no llaman.
Entran.
Se quedan sentadas
al borde de la cama,
cuando la casa
ya ha apagado todas las luces.

«Ayuda.»
La pronuncia
un niño
cuando no encuentra
la mano de su madre.
La pronuncia
un anciano
cuando el suelo
se vuelve de repente
inestable.
La pronuncia
quien se ahoga.
Quien nace.
Quien ama.
Quien tiene miedo.
Cada vida,
tarde o temprano,
conoce esa palabra.


«Basta.»
Tiene el sabor
de la sangre
en los labios.
Del último suspiro.
Del cansancio
de quien ya no logra
convencer al mundo
de estar vivo.

Entre
«Ayuda»
y
«Basta»
hay una distancia
minúscula.
Es tan larga
como el tiempo
que tarda
un corazón
en decidir
si volverse
o no.

Cada mañana
caminamos
junto a alguien
que está pronunciando
una de estas dos palabras.
Solo que
no siempre
salen de la boca.
A veces
tienen los ojos
de una mujer
que vuelve a casa
con miedo.
Las manos
de un anciano
que espera
una visita.
El silencio
de un muchacho
sentado
en el último banco.
El respiro corto
de un desconocido
a quien nadie
ha mirado aún.

Tal vez
la diferencia
entre una sociedad
y una comunidad
está toda aquí.
En la capacidad
de escuchar
las palabras
que no hacen ruido.

En alguna parte
alguien
está diciendo
«Ayuda.»
En alguna parte
alguien
está diciendo
«Basta.»
La pregunta
no es
quiénes son.
La pregunta
es
quiénes somos
nosotros
cuando las escuchamos.

Porque
cada vez
que una voz
se apaga,
no es el silencio
el que hace más ruido.
Somos nosotros.

Demostenes Uscamayta Ayvar (Ayuda. Basta.)

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